Capitulo 3
¿Qué clase de pagano eres tú?
15 de noviembre de 1145
Tras haber regresado al puerto de Remblois, tome el barco de la Orden de Ricardo llamado “Canterbury” que me llevaría a Grimsby con mi aliado Eduardo. En el lugar se encontraba Luis V de Tours y Jorge de Colonia y un ¿musulmán? ¡No! Se trataba de un príncipe de un país lejano llamado Japón.
-¿Y quién eres tú?- Pregunte.
-Soy Kasuki Yamana vengo de la aldea de Kioto.
-De dónde vienes, ¿acaso sois musulmán?
-Vengo de esta isla-. Y me mostro un mapa al parecer de papiro.
-Pero vos tenéis rasgos de alemán, tenéis ojos azules, cabello claro, y piel blanca.
-Mi padre pertenecía al Circulo Arceus y mi madre es una geisha de Kioto…
-Pero como un europeo iría a conocer estas tierras, seguro era pagano.
-No señor, ¿es que nunca habéis escuchado del Circulo Arceus?, son filósofos y grandes alquimistas que han ido por todo el mundo obteniendo conocimientos. Para vuestra iglesia no eran nada más que paganos e irrespetuosos de los libros que solo los monjes y nobles leéis.
-¿Y esa espada curva?, no creo que os sirva de algo.
-¿Queréis probad?
-Otra pregunta, ¿Cómo es que leéis estos garabatos?, están peor que los de los musulmanes.
-Estas letras no son como su complicado alfabeto.
-Caballeros, Caballeros os estáis comportando como una panda de críos.
-Os reto a un duelo espada.
-Acepto.
-Bien.
En ese entonces, Kasuki y yo nos levantamos de la mesa empuñando vuestras espadas, tomamos vuestra armadura y nos colocamos en el círculo de práctica de esgrima del palacio.
(En el duelo):
-Es casi imposible vencerme. No tienes oportunidad.
-Mi credo no se basa en saber quién gana, sino en saber los movimientos del adversario.
-¿Qué?
-Observad.
De pronto Kasuki desapareció dejando una nube de humo y salieron 10 replicas exactas de él.
-¿En donde estas desgraciado?
-Nunca adivinareis cual de todos soy, estáis cegado.
-Tendré que atacar a uno por uno.
Entonces sentí el filo de una espada y vi unas gotas de sangre detrás de mi espalda, lo pude ver por el brillo de mi espada. Poco a poco me sentía débil. ¿Qué clase de veneno tenía en la espada?
-No tenéis oportunidad, te he atrapado en mi ilusión. Eso lo llamo Genjutsu o habilidades ilusorias ninja.
-Magia negra, estáis loco.
-¡No!, solo estabais atrapado en una ilusión que vos creasteis. Tu mente a veces juega trucos para que te confundas y creas en cosas que aun no han ocurrido.
-Pero claramente vi gotas de sangre detrás de mí.
-Tócate la espalda.
-¿Qué demonios?, no hay cicatriz, ni sangre.
-Creo que es hora de irme. Volved cuando estéis listo, te esperare en Kioto.
Termine más asustado de lo normal, su mirada de este soberano parecía de muerte. En serio nunca estuve tan cerca de la muerte. Creo que volveré a saber de él.
II
-¿Bueno os vais a seguid este duelo tan insignificante? Preguntó Eduardo. –Mirad señores, el motivo de estar aquí, es para fundar una Orden de Caballeros conocida como la Orden del Dragón y del Fénix. Por eso os traje aquí Alejandro, porque vuestros arqueros son los mejores y poseen los mejores arcos para acabar con esta guerra de Cruzada. Si vos firmáis, estos reinos se unirán y haremos hermandad, cuando uno este en guerra, solo llamáis y vosotros vendremos a auxiliarnos entre vosotros.
Parecía un trato hacedero puesto que la Orden de la Torre y la Espada necesitaba de hombres para dirigir mejor las tropas. En eso llegó un piquero mío quien venía con el brazo completamente sangrando y diciendo: -Mi señor los sarracenos se dirigen a Acre y vuestros soldados no podrán contenedles por mucho tiempo más, tenéis que venid conmigo y ¡¡pronto!! –Vos no iréis a ningún lado, estáis malherido creo que hoy vos perderéis el brazo. ¿Medico?, ¿Dónde estáis? Sanad a este hombre, si podéis, sino cortadle el brazo. –Lo siento hermano, me temo que te tendrán que cortar el brazo. Le dije. –No importa, por lo menos estoy con vida, dejare de ser soldado y me dedicare a otra cosa. –Bueno caballeros, me retiro ya que esto es urgente. –Alejandro. –Dijo Kasuki. –Idos con Dios, que la paz sea con vos, tened, vos la necesitareis más que yo.- Esas palabras me dejaron atónito y no tuve que decidle más que: -Pero Kasuki, esta es vuestra espada ¿cómo esperáis llegar a vuestro reino? –No importa, yo forjaré otra después –Bueno que Dios este contigo también, hermano.
Capitulo 4
Sangre de Teutón.
La travesía era imprescindible, debíamos salir de allí y llegad a Tierra Santa para la mañana del 11 de enero de 1145, tuvimos que desembarcar en Remblois, tome un puñado de hombres y me dirigí a la ciudad de Masyaf para llegar por ultimo a Acre, que por cierto estaba siendo asediada por varias catapultas largas y había soldados Hospitalarios, Templarios y de la Orden de Ricardo en las murallas, arrojando flechas y lanzas a los enemigos Sarracenos y Selyúcidas. En la densidad de la humareda pude ver a Enrique el Rey, heredero al trono del Sacro Imperio Romano-Germánico quien era mejor amigo mío y el mejor caballero de vosotros los Cruzados.
-Mi señor aquí están los refuerzos. Dije. -No somos muchos pero por lo menos resistiremos un asalto más.
–Correcto, Alejandro preparad a los arqueros con flechas incendiarias, envía a los alabarderos a las puertas y esperad a mi señal para lanzar las flechas hacia el comandante de los sarracenos. –Dijo Enrique.
-Mirad ¿Quién es aquel caballero que viene con soldados de armaduras doradas? Su estandarte es de ¿Remblois? Enrique ¿Lo habéis visto antes? -Pregunté.
-No, Alejandro nunca antes lo había visto.
Este extraño caballero se acercó a las murallas y los alabarderos le dijeron:
-¡Alto! ¿Quién va?
-Soy Raúl de Castilla, caballero de la orden de Castilla. Busco a Alejandro y a Enrique. Vengo a auxiliarles.
-Venís de Remblois. Decidme ¿Quién os nombro caballero?
-La emperatriz de Carmontfolt, la señora María de Villeros, quien me proclamo caballero de Remblois y vio mis conquistas y victorias. Ella aceptó y me dio la misión de recuperar Acre de los sarracenos.
-Venid, entonces y apoyad en vuestra estrategia.
Entonces Raúl se incorporo a nuestro ejército, para auxiliar a los caballeros.
Era una reunión de estandartes y banderas. Los teutones de Enrique, mis arqueros expertos, y la caballería de Raúl era un ejército suficiente para acabar con los sarracenos que acampaban a lo lejos de la ciudad.
-Venid infantería, arqueros preparaos, caballería a mi orden saldréis todos.
La batalla fue infame, hubo varios heridos por las piedras, algunos perdieron miembros desde algún dedo hasta el brazo entero. Los soldados de Enrique se preparaban para la retirada cuando de pronto, los sarracenos traen a sus famosos jinetes fanáticos que con sus sables curvos, los arrojaban hacia los caballeros Teutones. Algunos perdieron las piernas porque ese era el lugar a donde los sarracenos arrojaban sus sables. Uno de ellos corrió con mayor suerte y alcanzó a Enrique el Rey. Uno de mis arqueros gritó:
-¡Han herido a Enrique el Rey!, ¡retirada!
-¿Qué?, Raúl libera a la caballería.
-¿Estáis loco? Ni de broma creas que enviare a mis hombres a una muerte segura.
-Pero ¿Qué hay del plan?
-Cambio de planes, traed a la infantería.
-¿Qué pensáis hacer?
-Decidle a vuestra infantería que traiga escudos, vamos a abatir a los sarracenos con las lanzas.
-Oh ya entiendo, traed a Enrique para que uno de nuestros médicos le asista.
-Alejandro.
-Resiste amigo, te sacaremos de este infierno. ¿Qué esperáis? Raúl ¿Cuándo vais a enviar a la infantería?
-Retirada, evacuen la ciudad. No podremos recuperarla, abandonad.
-Ese no era el plan.
-Lo siento Alejandro, dejemos que los sarracenos tomen la ciudad. No pienso arriesgar a los civiles y peregrinos.
-¡¡Debemos resistir, ese era el plan!!
-¿Y dejad que mueran hombres inocentes, mujeres y niños? No pienso dejar a los civiles solos en una muerte segura.
-¿Y pensáis dejad que mueran en este desierto, de hambre y de sed?, ellos eran felices en Acre, y ahora mirad, estandartes de horribles serpientes, ¿Era eso lo que querías?
-Tu arrogancia ha hecho que uno de los príncipes más importantes de Remblois este ahora agonizando, por tu culpa.
-Mi culpa, si hubieses enviado a tus caballeros, esto no hubiera pasado.
Capitulo 5
El Juicio
Durante la retirada, pasamos 20 días en el desierto, hasta que de pronto llegamos a la ciudad de Alejandropolís, llamamos a mis médicos más expertos de toda la Europa Cristiana. Por fortuna conocía algunos médicos de Doenia que provenían del hospital del Ángelus, ellos le salvarían la vida a Enrique.
Al día siguiente fui enjuiciado a los pies de la iglesia de Corpus de Cristi, debía jurar que las heridas de Enrique fueron por culpa de mi arrogancia y que quería enviar al infierno a miles de cientos de civiles en Acre.
La gente de Acre estaba molesta ya que ellos habían elegido que los gobernase Enrique pero por mi culpa, el se encontraba en un punto indefinido entre la vida y la muerte. En eso el padre Sagrario III salió de su iglesia con las sagradas escrituras, que yo debía leer. En eso proclamo:
-Os tengo malas noticias, el príncipe Enrique el Rey ha muerto, y él seria quien gobernara Acre para los cristianos de la zona. Pero ahora, el trono se decidirá a votación, aquí ante los pies de la casa de Dios, tenéis a dos caballeros importantes para el reino y para el estandarte de Remblois: -Alejandro Magnan y a Raúl de Castilla. En eso un aldeano dijo: -Matad al de la izquierda, es un pagano, asesino hijo de…
-¡¡Basta, es suficiente!! , vuelvo a hacer la misma pregunta… -Respondió el padre Sagrario III, ¿Quién de los dos es el más apto para gobernar Acre?
La gente empezó a gritar:
-¡Magnan!, ¡Magnan!
El que grito hace unos momentos, volvió a decir:
-¿Son estúpidos, o qué? ¿Acaso habéis olvidado que por culpa de quien estamos desterrados de Acre? ¿Y vuelven a votar por él? Él si se convierte en nuestro gobernante nos explotara, nos mandara al desierto para que los sarracenos nos maten. Yo votó por un gobernante que se preocupe por sus ciudadanos y no por un gobernante que nos mande al infierno. ¡Salve, el castellano!
La gente reflexiono por un momento, hasta que al fin respondió:
-¡Castellano! ¡Castellano! , ¡Castellano!
-Por el derecho divino que se me concede, y por la votación popular de los presentes, nombró a Raúl de Castilla señor legitimo de Acre. Y a Alejandro, por sus acciones, le doy el despojo de sus pertenencias, de sus títulos de nobleza para que regrese con la mirada del fracaso de no poder haber hecho nada en absoluto.
Los caballeros templarios sacaron su mandoble, y de un tajo, arrancaron las estrellas de mi estandarte, y la ensuciaron con brea y con lodo. Los aldeanos, sacaron vegetales y empezaron a gritar: ¡Deshonra! ¡Que te den por asesino y pagano!
En ese entonces creí que me tocaría ir a la horca, que era el castigo habitual para los que traicionaban a los ciudadanos de Acre. Pero fui encarcelado en la torre de la Catedral de Nuestra Señora de los Remedios.
En la noche, escuche pasos que venían subiendo hacia la torre. Abrí la puerta para ver quién era y la figura que no quería ver era esa:
-¡Otra vez tu, castellano!, dime ¿Qué quieres ahora?, tienes ahora el trono que no te corresponde y ahora te presentas ante mí con un gesto de lastima y misericordia.
-Alejandro, yo vengo a decirte que los aldeanos se arrepienten por sus actos y desean a un rey valiente como tú para que los gobernase.
-¡Ja! Y… ¿supongo que eso te dijeron?
-Además el rey Carlos vendrá a Acre para el velorio del príncipe Enrique el Rey, y creo que no vendrá muy agraciado de veros.
Os deseo suerte mañana Alejandro.
5 de febrero de 1155
Hoy llegó la Guardia Real de Remblois, que eran los mejores caballeros de Remblois, junto con ellos el rey Carlos I de Remblois.
-¿Dónde está Alejandro?-Fue la pregunta del rey Carlos I.
Un guardia le dijo: -Él se encuentra encerrado en la torre de la Catedral de Nuestra Señora de los Remedios.
Unas botas se escucharon en las escaleras de la torre, y me extrañaba que fuera el rey Carlos I ya que él pocas veces abandona su trono solo cuando se presenten cosas importantes.
-Venid conmigo, Alejandro, no hablareis nada de aquí hasta que lleguemos a Remblois, ¿me explicado bien?
-Sí, señor.
-¿Qué dijimos?
La jornada fue dura y al fin llegamos a Remblois. La gente me atacaba con miradas de desprecio y rencor. Carlos me invitó a su castillo a una habitación que nunca antes la había visto, ni mucho menos visitado.
-Tomad asiento, y ahora decidme ¿Por qué querías enviar a la muerte a cientos de hombres, mujeres y niños con sangre de inocentes?
-Esperad, con un poco de resistencia podíamos haber aniquilado a los sarracenos…
-¡No!, tu plan era acabar con los civiles.
-¡Desde luego que no!, si Raúl de Castilla hubiese enviado a sus caballeros, la muerte de Enrique se hubiese evitado.
-¡No involucréis, al castellano en esto!, fue tu culpa por haber hecho tan semejante plan. Tenían una desventaja numérica.
-Señor, pero vos nos enseñasteis que los números no ganan las batallas.
-Pero no cuando se trata de una desventaja de 1 a 100.
-Entonces ¿Qué carajo?, ¿Estáis diciendo que la muerte de Enrique fue mi culpa?, yo no lo asesiné, fue la enfermedad que tenía desde días antes según los doctores me habían dicho.
-Venid y seguidme.
-¿Qué vais a hacedme?
-Vais a estad en el balcón.
En eso escuche una trompeta que indicaba que había una reunión en el patio principal del castillo. Y varios caballeros de la Guardia Real de Remblois estaban armados en las afueras del castillo.
El rey sacó su espada, y ante la presencia de todos, en alta voz dijo:
-Ante vosotros, tengo aquí a un soldado que representa un peligro para la Orden y para el servicio de Remblois, y por ello lo destierro y le despojo todas sus pertenencias que ya no le servirán, por ser un traidor a nuestras virtudes.
-Pero mi señor…
En eso él me dio una bofetada con su guante de cota de malla, sacándome sangre de la boca, y dijo:
-¡Cállate, cabronazo!
Tomó un puñal, y me lo encajo en la parte baja del estomago. Y dijo:
-Os destierro de mis tierras, para siempre, que los infiernos y todos los seres malévolos que viven en el te acompañen, ya que seréis abandonado por el mismo Dios. Qué seáis desgraciado ya que no podréis tened posada de ninguna ciudad, y quien se atreva, se las verá conmigo. ¡Exilio!
Con las heridas en la cara y con una rajada, tuve que huir de Remblois, sin caballo y no podía sanarme la herida, ya que si lo hacía, seria perseguido por los arqueros que se encontraban bordeando la fortaleza de Rinj.
Los aldeanos me vieron con deshonra, ya que ser desterrado de Remblois es como si el mismo Dios, les hubiese abandonado.
La gente gritaba: -¡No merece estar aquí!, ¡Maldito pagano!, o simplemente -¡Deshonra del escudo de Remblois!

Lamento haberme retrasado con la novela, pero se me había olvidado la contraseña pero he aquí los capitulos 3,4 y 5 de la novela... hasta entonces nos vemos la proxima semana...
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